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Las máscaras que encierran los diagnósticos

2018-05-11T20:36:10+00:00 La columna de Esteban Levin, Uncategorized|

Eduardo Galeano, en su último libro, acerca de las máscaras, afirma lo siguiente:
“En el África negra, las máscaras son las caras verdaderas.
Las otras caras esconden, las máscaras delatan.
Según como se miren, de frente o de perfil, de cerca o de lejos, desde arriba o desde abajo, las máscaras africanas revelan, por la magia de su arte, las diversas personas que cada persona es, las vidas y las muertes que cada vida contiene.
Porque cada uno es más que uno, y las máscaras no saben mentir”.

– Q –
Eduardo Galeano, en su último libro, acerca de las máscaras, afirma lo siguiente:
“En el África negra, las máscaras son las caras verdaderas.
Las otras caras esconden, las máscaras delatan.
Según como se miren, de frente o de perfil, de cerca o de lejos, desde arriba o desde abajo, las máscaras africanas revelan, por la magia de su arte, las diversas personas que cada persona es, las vidas y las muertes que cada vida contiene.
Porque cada uno es más que uno, y las máscaras no saben mentir”.
Daniel es un niño pequeño de nueve años. Lleva a cuestas la máscara anónima del diagnóstico: “Trastorno del espectro autista”. Durante años, realizó diferentes terapias tendientes a organizar y hacer uso del cuerpo para lograr: los hábitos, la higiene personal y corporal, los comportamientos cotidianos-sociales. Por ejemplo, actividades sensoriomotoras, como: el uso adecuado del elemento tijera, las praxias finas y gruesas, aprendizaje de acciones coordinadas (manejo de la prensión de los lápices, de las llaves, de los utensilios, etc.). Desde nuestro planteo, privilegiamos la singularidad y la plasticidad del sujeto deseante, todo lo cual nos lleva a interrogarnos:
¿Existe Daniel, como sujeto en esa acción, en esa experiencia sensorio-motora? ¿Se podría pensar en un desarrollo y pensamiento “autónomo” sin que haya lugar para el encuentro del niño con un otro? ¿Se pueden enseñar conductas y comportamientos adecuados a la normatividad y la moralidad, sin que en ellos aflore la singularidad de la experiencia infantil? ¿Es posible, hacer uso del cuerpo de Daniel para que responda eficazmente a la conducta pretendida?

– R –
Voy caminando al consultorio, Daniel está esperándome con su papá, cuando a lo lejos me ve llegar, sin mediación, sale corriendo, extiende los brazos y comienza la carrera. La distancia que nos separa es de aproximadamente 50 metros. Da la sensación de que no importa nada, como un hilo invisible, insondable, Daniel no para de correr (es como si el cuerpo no le pesara). Sin dejar de mirarme, se aproxima, acelera, y al llegar dona: el abrazo. Sus brazos abrazan los míos.
Compartimos ese instante, fugaz, pero imperecedero, en el cual el afuera se pliega en el adentro que conforma la memoria. El “entredós” de la relación transferencial alimenta el sutil espacio del orden del nos-otros. Donde Daniel puede ser él, sin el peso diagnóstico (autismo, TGD, espectro, retraso mental, debilidad) del orden de lo siniestro. ¿Qué nombran estos diagnósticos que se sostienen en un pronóstico irrevocable, irremediable?
De la mano recorremos los 20 metros que quedan hacia el edificio. En este trayecto, nos saludamos, Daniel, como últimamente hace cada vez que nos vemos, me pide las llaves para abrir la puerta. Cuando llega, mira de reojo las llaves y quiere abrir la cerradura, se las doy, con mucha atención y concentración, lentamente, logra abrir la puerta. Desbordante de alegría, me devuelve el llavero.
Durante varios encuentros, la escena con la llave se repite de diferentes maneras, en la entrada, al bajar del ascensor, a la salida, al llegar a otra puerta, o al descubrir diferentes cerraduras de los vecinos. Mira curioso cómo funciona, dónde se tienen que introducir y para qué lado girar y hacer fuerza. ¿Qué experiencia pone en juego el deseo de abrir o cerrar las puertas, y la posibilidad de manejar, dominar y tener las llaves?
Luego del abrazo del inicio, continúa la demanda de las llaves. Claramente es una experiencia afectiva, que afecta la sensibilidad y se desplaza metonímicamente, plásticamente, a otra escena de apertura. Abierta la pluralidad de nuevos sentidos y significancias a crear e inventar en el “entredós” transferencial. “¿Tenés las llaves?… Sí…”. Se las doy, con gran alegría se dirige a la puerta y logra abrirla solo. “Gracias”…, exclama y corre al ascensor para que entremos juntos. Entramos, juega con los botones, aprieta el correspondiente, mira y sonríe, me muestra las llaves, respondo: “Sí, cuando llegue el ascensor, me vas a ayudar a abrir el consultorio…”. “Sí, vamos Esteban, te voy a ayudar”. Al llegar, entre los dos, cuidadosamente, abrimos la puerta, Daniel se lanza a jugar a la pelota en el gran aro de básquet, me da las llaves y vamos al juego.

– S –
Daniel, antes de comenzar este tratamiento, concurría a una institución cuyo eje de trabajo se basaba en el aprendizaje sistemático de conductas adquiridas, a través de refuerzos (en caso afirmativo) y de reprimendas (en caso de resolución y eficacia negativa). Desde esta modalidad, de condicionamiento operante, se logra que adquiera conductas de hábitos, higiene, comportamientos “cotidianos” e interacción “social”. Imaginemos por un momento la adquisición de algún aprendizaje, por ejemplo, el uso de la llave, para lograrlo: 1. Se instrumentan ejercitaciones para abrir correctamente la cerradura, 2. Recursos de motricidad fina y gruesa. 3. Trabajo sensoriomotor específico. 4. Ejercicios de prensión y 5. Acciones de coordinación oculomanual, con los correspondientes premios y susodichos “castigos o reprimendas” para que aprenda a hacer un uso correcto y efectivo del elemento “llave”.
Esta modalidad de relación nos recuerda explícitamente el planteo de Hegel, en el libro “Fenomenología del espíritu”, acerca de la dialéctica del Amo y el Esclavo. Relación despótica, donde el Amo domina, somete y hace uso del cuerpo del esclavo. No solo el Amo es el que sabe y tiene el poder, sino que goza con él, al hacer cada vez un uso corporal por fuera de la connotación relacional y afectiva. En este sentido, el filósofo Giorgio Agamben, en su último libro “El uso de los cuerpos”, lo explicita de la siguiente manera: “El uso del esclavo, permanece siempre inseparable del uso de su cuerpo… A diferencia del zapatero, del carpintero, del flautista o el escultor, el esclavo aunque ejercitara estas actividades, es y sigue siendo esencialmente sin obra, en el sentido que, a diferencia de lo que sucede para el artesano, su praxis no se define por la obra que produce, sino solo por el uso del cuerpo”.
Si bien es cierto que en este caso Daniel podría, mediante las ejercitaciones y los métodos, lograr efectivamente la praxis correspondiente, o sea, dominar la llave y abrir la cerradura correctamente, nos preguntamos:
¿Existe él, Daniel, como sujeto en esa acción, en ese hacer sensorio-motriz?
¿Se podría pensar en un desarrollo psicomotor y en un pensamiento “autónomo” sin que haya lugar para el encuentro de Daniel con un otro?
¿Se pueden enseñar conductas y comportamientos adecuados a la normatividad y la moralidad, sin que en ellos aflore la singularidad de la experiencia infantil?
¿Es posible hacer uso del cuerpo de Daniel para que responda eficazmente a la conducta pretendida?

– T –
Durante varios encuentros, Daniel pide las llaves para entrar y salir de todos los lugares por los que pasamos que tienen cerraduras. Muy contento, con el llavero en la mano, se las ingenia para generar una demanda en la cual, sin ninguna duda, afirma la imagen corporal. Es una demanda afectiva, no es una simple praxia, una acción sensoriomotora, una coordinación psicomotriz fina o un comportamiento sensorial. Se trata de un gesto, donde la existencia subjetiva cobra vida, más allá de cualquier conducta motriz corporal o comportamental.
La demanda se instala cada vez que no encontramos. En una sesión le pregunto si quiere tener una de las llaves del consultorio, específicamente la que abre la puerta de entrada del edificio. En ese instante, estaba justo tirando la pelota en el aro de básquet, se detiene, frena el movimiento, como por arte de magia, se le ilumina el rostro, la gestualidad acompaña la postura en la voz y con alegría exclama: “Para mí una llave… claro Esteban, una llave”… respondo: “Bueno, vamos a la cerrajería para poder hacer una copia”. “Sí, sí, vamos ahora”… “Dale, vamos”.
Salimos del consultorio, me pide la llave y vamos a la cerrajería más cercana, que queda a unos metros (previo acuerdo y autorización del papá, con quien en una entrevista habíamos contemplado esta posibilidad). Juntos, de la mano, entramos al negocio y pedimos una copia. Daniel, muy atento, mira los movimientos y las actitudes del cerrajero, la manera de hacer la copia, observa cómo la pule, la compara con la original y la lima hasta que está hecha, se detiene a mirar los dientes de la llave e inspecciona cada uno, detalle por detalle. El cerrajero indica cómo probarla: “Con la puerta siempre abierta, para ver si funciona correctamente”. A continuación, regresamos, Daniel está contento con la llave nueva y recuerda todos los consejos que le había indicado el cerrajero.
Finalmente, la llave funciona, estaba bien hecha. Sin embargo, el funcionamiento de la llave no es nunca exclusivamente mecánico, se jugaba mucho más en relación a la escena, que en cualquier aspecto instrumental. El placer en la realización desbordaba en la gestualidad y las manifestaciones de alegría conjugaban el hecho fáctico en otro escenario, para desplegarse en la metonimia de la escena, que en ese encuentro empezaba a representarse.
Daniel con su llave y el llavero nuevo constituye una experiencia en el “entredós” transferencial, donde circula el afecto y la intensidad necesaria para devenir un acontecimiento productor de plasticidad (neuronal y simbólica).
Cuando Daniel usa la llave, el uso de su cuerpo está sostenido en la propia imagen corporal, en la cual se reconoce y existe como sujeto. Es el origen de una nueva experiencia escénica, cuyo escenario se sustenta en la relación transferencial que se configura en red, de acuerdo a la escena del abrazo anterior y la apertura posterior del juego de la llave, el cerrajero y el llavero que enlaza y unifica la historicidad vivida.

– U –
En el curso “La hermenéutica del sujeto”, Michel Foucault identifica lo que él denominó “el sí mismo” (la imagen del cuerpo) como “aquel que la usa” (nosotros lo tomamos como la escena) y lo expresa de este modo: “ocuparse de sí mismo significará ocuparse de sí en cuanto se es “sujeto” de cierta cantidad de cosas: sujeto de acciones instrumentales, sujeto de relaciones con el otro, sujeto, en general, de comportamientos y actitudes, sujeto también de la relación consigo mismo. Es en la medida que uno es un sujeto, ese sujeto que se vale, que tiene esta actitud, este tipo de relaciones, etcétera, que debe velar por sí mismo. Ocuparse de sí mismo en cuanto se es sujeto de acciones, de comportamientos, de relaciones, de actitudes: es de esto que se trata”.
El “sí mismo” que refiere Foucault no tiene sustancia material, ni se desarrolla de forma autónoma. Por el contrario, la única consistencia del uso del cuerpo es la relación del sujeto con otro. Es el fundamento del lazo social y la subjetividad, que el niño, en este caso Daniel, produce en acto, en el acontecimiento relacional que lo causa deseante.
En este sentido, cuando un niño (Daniel) juega, está pensando. Jugar es pensar. Por un lado, al tener la llave, juega a ser grande, aunque todavía no lo es, y al mismo tiempo, anticipa un futuro en un pasado por venir (es el tiempo fundante del futuro anterior). Por otro lado, al hacerlo, constituye un adentro (una huella) del afuera. Siempre y cuando en ese exterior se encuentre con otro. Es a partir de ese encuentro, de esa relación, que el placer se instituye e interioriza siempre en la escena relacional y afectiva.

– V –
Cada niño inventa pequeños o grandes territorios, su isla del tesoro, su mundo de juguetes, sus amigos fantasiosos, sus cuentos e historias, sus llaves y llaveros imaginarios y reales que, al habitarlos, lo habitan en la insaciable curiosidad infantil de descubrir otra escena donde existir, haciendo de cuenta que es otro (un señor grande, un mago, un superhéroe, una princesa). Allí, en ese afuera, se conjugan amenazas, frustraciones, máscaras, miedos, fantasías y se cae en abismos, laberintos y encrucijadas, pero al fin de cuentas, siempre hay una llave para abrir la próxima puerta.
La puerta nunca puede ser un diagnóstico, pues todavía no se encontró ninguno con una cerradura, más bien son opacos, plenos, sin colores, sin adentro, ni afuera. Estos anónimos diagnósticos enmascaran sin salida a los niños. Coagulan y conllevan el estigma de llevar al mundo infantil a sufrir el inapenable destino prefijado por un pronóstico desubjetivante.
Para Daniel, el hecho de tener el llavero y jugar con la llave pone en juego el deseo de desear y la potencia implicada en existir como sujeto en el uso del cuerpo. Así, deviene un pensamiento nuevo. La operación que está jugándose es la de generar una apertura, un hueco, un lugar desconocido, pero al mismo tiempo por conocer. Es la experiencia escénica que cobra vida, en la imaginación producida en el encuentro con el otro, y los efectos (la huella) que la plasticidad simbólica determina.
En franca oposición, nosotros nos proponemos dar lugar para construir una cerradura, un tajo, un trazo, donde se aloje la apertura que ponga en juego la riqueza de la plasticidad neuronal y simbólica, donde la experiencia infantil cobra vida y perdura como testimonio del lazo afectivo, que conforma la subjetividad en acto.
La demanda de la llave produce por primera vez la apertura de un espacio, donde puede plegar una nueva memoria, que deviene el adentro de un afuera. El afuera (lo que Daniel abre) se pliega y, al plegarse, lo hace pensar, lo fuerza (sin darse cuenta) a introducir lo impensado, lo incalculado e imposible de pensar sin la nueva llave y el escenario del llavero. Este acontecimiento, sin ninguna duda, despliega otra escena, se pierde la anterior (que funciona como memoria) y re-crea la posterior, la que todavía está por venir, por llegar con el próximo despliegue. ¿Seremos capaces de esperar y dar lugar para que suceda lo que todavía, a través de la relación, está por acontecer? Este es el gran desafío.