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Domingo 17 de diciembre de 2017
Los diagnósticos en la infancia vuelan en alfombras mágicas Los diagnósticos en la infancia vuelan en alfombras mágicas
¿Puede un niño ser diagnosticado únicamente por escalas de comportamiento de acuerdo a un puntaje preestablecido? ¿Los cuestionarios consideran la historia subjetiva de los... Los diagnósticos en la infancia vuelan en alfombras mágicas

¿Puede un niño ser diagnosticado únicamente por escalas de comportamiento de acuerdo a un puntaje preestablecido? ¿Los cuestionarios consideran la historia subjetiva de los más pequeños para determinar un funcionamiento autístico? ¿Es posible medir los lazos sociales y afectivos-emocionales numéricamente? ¿Los criterios del manual de psiquiatría DSM V pueden determinar la vida de un niño al considerarlo un trastorno del espectro autista?

– X –
La primera vez que me encuentro con Mateo, veo la tristeza de un niño de siete años, cabizbajo, sostiene un rectángulo plástico de color celeste, que no deja de mover entre sus dedos, muy cerca de sus oídos. Las orejas coloradas denotan el roce áspero con ese objeto de hielo. La mamá aclara: “Le duele siempre el oído, el frío lo calma, juguetea con ese hielo todo el tiempo… tuvo otitis, lo operamos, hicimos muchos arreglos en los oídos… ahora está un poco mejor. Igual el diagnóstico de él es espectro autista, vinimos con usted desde muy lejos, casi 700 kilómetros, para ver si tiene ese síndrome, esa discapacidad, estamos desorientados y no sabemos qué hacer”… Mientras que la mamá me lo decía, Mateo no deja de pasarse rápidamente el hielo por la cabeza, en dirección de una oreja a la otra.
La escena que acabamos de describir dramatiza el sufrimiento, la angustia inmóvil, gozosa. El goce deja huellas de presencias congeladas, frías, encristadas en incubadoras de hielo. La experiencia que realiza Mateo fue diagnosticada en breves minutos como trastorno del espectro autista, el sucinto informe con certeza, afirma lo siguiente:

– Y –
“En la entrevista diagnóstica se rescatan las siguientes observaciones: previo al ingreso a la misma cortejo de sonidos y gritos en sala de espera, una vez en la consulta risa inmotivada y jerga asociada a lenguaje idiosincrático, repite una serie de frases de algunos programas de TV, durante la tarea de construcción no solicita las fichas ni tampoco responde cuando se le pregunta si necesita ayuda.
Abundan las situaciones de “escape” como solicitud reiterada de ir al baño, con insistencia, otras son por evitación, ejemplo bosteza. Durante la entrevista insistió con la idea de que su calzoncillo se había ensuciado y debía constatar permanentemente el hecho para poder cambiarse de ropa interior (situación conversada con su madre durante el final de la entrevista).
En sus relatos, por momentos, utiliza latiguillos y términos no convencionales. Otra característica es la asociación, los programas o series de televisión para expresar sus emociones. Ejemplo, ante la pregunta de que le hace sentir miedo refiere “La casa del Terror”, “El bosque de las Brujas”.
“Nuestro diagnóstico, continúa el informe, se basa en escalas:
1) CAST: 20 puntos sobre 31 (siendo 15 puntos el valor de corte para Síndrome de Asperger).
Registro de comportamientos para S. Asperger: respuesta de los padres 6/33, respuestas del entrevistador 18/33.
2) ADI: cumple criterios para Síndrome de Asperger en Área 1, Área 2, Área 3, la misma está compuesta de 5 áreas. (Las alteraciones de las mismas comprenden alteraciones severas en la interacción social recíproca, patrón de intereses restringidos y absorbentes, imposición de rutinas).
3) ASSQ (Cuestionario de cribado para TEA de alto funcionamiento): respuesta de los padres 11/27.
4) Escala australiana para Síndrome de Asperger: 10/24 en cuanto a respuestas (mayor dificultad en Habilidades sociales y emocionales).
Habilidades sociales y emocionales: respuesta de los padres 4/10.
Habilidades de comunicación: respuesta de los padres 2/8.
Intereses específicos: respuesta de los padres 1/3.
Habilidades en movimientos: respuesta de los padres 1/2.
5) ADOS Módulo 4.
Comunicación 6 puntos (Puntos de corte para autismo = 3 puntos).
Interacción Social Recíproca 8 puntos (Puntos de corte para autismo = 7).
6) Criterios Manual DSM V.
Cumple con criterios de los puntos A (deficiencias en la comunicación social e interacción social) y B (Patrones restrictivos y repetitivos de comportamiento, intereses o actividades) y los puntos C, D y E.
Conclusiones: el niño Mateo padece un trastorno del espectro autista”.

– Z –
Apenas llega al consultorio, Mateo, sin ningún tipo de mediación, se arroja a una colchoneta, se enrosca en ella y queda semienvuelto sostenido en esa posición, se detiene unos minutos. Intento mirarlo, me presento, le muestro algunos juguetes. Él, desinteresado, perece no registrarme, pero en un momento comienza a decir, con una cierta musicalidad que alcanzo a intuir: “Qué ojos tan grandes tienes… (silencio, pausa)… qué dientes tan grandes tienes… (silencio, pausa)… qué orejas tan grandes tienes… (silencio, pausa)….”.
Sorprendido, sin dejar de mirarlo, sonrío y presiento que en ese destiempo rítmico, en esa síncopa melódica, compone un interrogante. Rápidamente, ante la repetición (que se corresponde con el cuento de caperucita roja, cuando ella se da cuenta de que en la cama de la abuela, en realidad está el lobo), de la misma letra y el mismo ritmo, respondo de este modo. Mateo dice cantando: “Qué ojos tan grandes tienes”… silencio, pausa… En ese espacio-puente, respondo: “Para mirarte y ayudarte mejor”… Él sonríe y continúa: “Qué grande boca tienes”… Respondo: “Para hablarte y entenderte mejor”… Mateo: “Qué grandes orejas tienes”… Afirmo: “Para escucharte y comunicarme mejor”. Mateo, ante la contestación, no deja de reírse, se pone en juego la complicidad y la continuidad de la musicalidad.
Luego, se acuesta y desparrama en la colchoneta. El cuerpo extendido, relajado, en una posición de cúbito dorsal, gira y me mira, es una mirada demandante, gestual, silenciosa, ante ello respondo: “¿Querés que te lleve a pasear en esta alfombra mágica?.. Sonriente, Mateo exclama: “Síii, a pasear”… “Bueno -respondo-. Contá hasta diez y salimos”. Sin pausa, a toda velocidad, cuenta hasta diez. En este instante, tomo el extremos de la colchoneta, realizo un sonido, como si estuviera volando y lo llevo a pasear por el consultorio… Damos una vuelta, rápido, luego lento y seguimos un poco más el imaginario viaje-paseo.

– A –
Esta experiencia escénica se repite de diferentes maneras, en una viajamos “por una tormenta” y la alfombra-colchoneta se mueve repentinamente para uno y otro lado. En otra, el paseo trascurre por un lago, un río o el mar, de acuerdo a ello, va más rápido o más lento. En toda esta escena, Mateo no para de sonreír, se aferra fuerte de la alfombra-colchoneta y se prepara para la aventura. Acomoda la postura, la actitud corporal se adecúa y está atento a lo que puede suceder (tormenta, viento, catarata, río, mar, barro, lago). Con la colchoneta, al pasar por el ascensor, hace el gesto para que entremos, inspirado en esa demanda gestual con “nuestra alfombra mágica” entramos y vamos a varios pisos… vamos por los pasillos… exploramos… buscamos pistas y volvemos al ascensor… jugamos a que volamos para llegar a otro lado, cada vez más arriba, más alto, hasta la terraza.
Al terminar esta serie de viajes “fantásticos” y al unísono “verdaderos”, ya cansado de la realización, le planteo: “Bueno, ahora hay que cargar nafta, arreglar la alfombra y es mi turno de viajar en ella”… Al decirlo, lo imito y me acuesto en la colchoneta.
Mateo reacciona: “Ahora es mi turno y después el tuyo, no. Va a ser mi turno para siempre y no el tuyo. Por favor sí, nunca será el tuyo”. Ante ello, expreso verbal y gestualmente mi negativa y exclamo: “No, no puede ser, es mi turno, me toca a mí”, él se ríe a carcajadas, cómplice dice: “No, es mío el turno para siempre, es mío”. A continuación, juego la escena de estar triste y cansado (sin nafta). Hacemos de cuenta (con una soga-manguera) que cargamos nafta, pero en ese instante, la alfombra se mueve (la agarro por un extremo), abro la puerta del consultorio y sin dejar de moverla, llego al final del pasillo, en la escalera. Mateo corre para agarrar a la alfombra-colchoneta-personaje que no para de moverse. La risa y el humor invaden el tiempo y el espacio de la realización escénica. Al terminar la sesión, bajamos a buscar a sus papás, que estaban muy sorprendidos porque recién me conoció y sin protestar, ni quejarse, se había quedado todo ese tiempo solo.
Al abrir la puerta, ve a sus padres, va a abrazarlos y al mirar a la mamá afirma: “Es el mejor juego”. De este modo, se refiere a la alfombra y a la aventura que habíamos inventado. Mientras les narra la experiencia, Mateo sonríe, participa y habla del juego.
La siguiente sesión, con diferentes variantes, recrea la escena con la alfombra mágica (personaje-colchoneta). Lo más difícil se presenta cuando termina su turno. En ese momento, no quiere y se genera otra escena en la que estoy triste y enojado, porque quiero volar, es mi turno y él no quiere. Sin embargo, comienza a pedir ayuda, para sacarse las zapatillas, para volar en la alfombra o para que le saque una etiqueta en la remera. Al poco tiempo, algunas veces, cede el turno y con ayuda, me lleva a pasear.

– B –
Al jugar con Mateo, sin darnos cuenta, realizamos una experiencia escénica, que como una caricia, la consistencia no está en el tacto, la acción ni la materialidad, sino en la gestualidad que la misma conlleva. El espesor de la escena, sin embargo, es un hueco, el pliegue de un secreto, a partir del cual pliega para sí la realidad y se puede apropiar de ella. La esencia reside en la potencia plástica, íntima de una experiencia que al realizarse irrumpe, se despliega y se pierde. En efecto, la huella de ese acto existe por el don afectivo que se produce en la relación actuante, transferencial en el entredós con otro, en el impulso deseante que motoriza la realización hacia la subjetividad, sin agotarla en exigencias diagnósticas o pronósticas que paralizan, estancan el devenir de un sujeto.
Como sabemos, un niño está en el mundo del afuera, entre los otros. El entre es fundamental, esencial para comprender la infancia, la apertura, lo abierto del desarrollo psicomotor de los más pequeños. Ellos se ponen en escena, en el medio de una comunidad de otros, entre pares, que avivan, dan vida a la experiencia infantil, la cual, si bien es exterior, funda la interioridad como don del otro. Desde ese mundo interior, los chicos perciben lo que sienten y expresan como suyo, lo propio donde subjetiva la experiencia. Nunca como puro cuerpo o simple acción, sino en tanto imagen corporal, donde él no deja de identificarse para relacionarse con otros, que como él conforman su espejo.
Cuando Mateo juega con la colchoneta devenida mágica-alfombra, o realiza la aventura, crea e inventa una parábola, un trayecto plástico, desigual, único, en el cual, por un lado, se diferencia del otro y al mismo tiempo descubre la potencia de la imaginación, a medida, que lo pone en juego. Si puede jugar, claramente, Mateo no es un trastorno del espectro autista. El vuelo del diagnóstico lo creamos e inventamos a partir de las experiencias compartida con el otro y la angustia y o el sufrimiento concomitante a ese quehacer escénico.

– C –
Al jugar, Mateo crea y construye sentidos inesperados, allí donde solo aparecía el autismo, el TGD, o el discapacitado. La creación del mundo infantil supone la experiencia excéntrica de inventar representaciones vivas, móviles, que se desplazan y deslizan en búsquedas interminables, curiosas, de significancias nuevas, abiertas a la relación con los otros y los objetos. Estas relaciones que el pequeño establece, conspiran contra la certeza y el dogmatismo. De esta manera, jugando, constituyen la plasticidad simbólica, la apertura a la existencia compartida a la emergencia del gesto, del acto significante, a partir del cual los niños se reconocen deseantes.
Finalmente, parafraseando al filósofo Wittgenstein, que afirma: “Los límites de nuestro mundo, son los límites del lenguaje”, podríamos concluir: Los límites del mundo infantil son los límites del juego, territorio audaz, donde el niño dona, trasgrede y confirma la propia herencia, según la cual la imagen del cuerpo, y con ella lo corporal, es efecto y causa del deseo. Mateo y la alfombra mágica dan cuenta de ello.

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