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Sábado 27 de mayo de 2017
La utopía infantil frente al poder del método, las rutinas y el anonimato La utopía infantil frente al poder del método, las rutinas y el anonimato
Al jugar, un niño realiza la utopía, que no se basa en un método rutinario o un protocolo, por el contrario, se asienta y... La utopía infantil frente al poder del método, las rutinas y el anonimato

– G –
Al jugar, un niño realiza la utopía, que no se basa en un método rutinario o un protocolo, por el contrario, se asienta y origina en el deseo donde se fabulan las fantasías más inverosímiles, pero al mismo tiempo verdaderas. Reside allí el acontecimiento que permite la plasticidad simbólica, la apertura y la diferencia entre lo que se es como cuerpo-órgano, diagnóstico, autismo, espectro, discapacidad, patología y lo que puede llegar a ser. Los pequeños nos enseñan que el placer del deseo es deseo de transformación, cambio y metamorfosis de una realidad a otra diferente. Desde este punto de vista, desear se opone al anonimato absoluto de una doctrina, una rutina o una metodología que eclipse y excluya la subjetividad en escena.
¿Es posible eclipsar y entumecer, por medio de rutinas y agendas diarias, preestablecidas el fulgor e impulso de la experiencia infantil?

– H –
En el artículo anterior mencionamos a Walter, un niño de siete años que ha sido diagnosticado como trastorno del espectro autista (DSM-5. 299.0 F84.0). El informe afirma: “Da la impresión clínica de aislamiento y desconexión. Se indica más de veinte horas semanales de tratamientos en la casa y en los consultorios. Un trabajo estricto a partir de, confección de agendas, rutinas y el armado de calendarios (diarios, semanales y mensuales) que anticipan diariamente la tarea que debe realizar y llevar a cabo”. Ante este diagnóstico y tratamiento conductual, los padres preocupados, desbordados y angustiados, realizan la consulta. ¿Cómo ejercen el poder y el control de las conductas de los más pequeños?
En el informe del diagnóstico de TEA (Trastorno del espectro autista), se indican lo que debe realizar el niño. Textualmente, afirma: “Tratamiento de veinte horas o más semanales, confección de agendas y armados de calendarios (diarios, semanales, mensuales) que ofrezcan una anticipación secuencial de los acontecimientos. Esta tarea, se organizará de manera cada vez más ajustada y significativa a los sucesos de su vida cotidiana y mejorará sus problemas de conducta. Debe ser compartida por la familia y la escuela”. Desde esta perspectiva, Walter, considerado un TEA, deberá organizar su vida cotidiana de la siguiente manera.
“Por ejemplo: para anticipar lo que no va a ocurrir, si en la agenda está previsto jugar con la pelota en el patio, pero a la tarde el mal clima lo impide, entonces se pone sobre la foto o pictograma del patio un acetato transparente cruzado con una cinta aisladora de color. Esto significa, que esta actividad no se podrá realizar. En todos los casos, se trata de favorecer la comunicación y el lenguaje. Se recomienda usar preguntas tipo (dónde, cuándo, qué, cómo, quién, etc.), con aplicaciones de Tablet para desarrollo de comunicación, comprensión, emocional, etc. A continuación, se deben realizar los objetivos propuestos, a saber: identificar y nombrar emociones básicas y complejas (alegría, pena, vergüenza), reconocer las causas en función del contexto, comprender y expresar verbos mentales, identificar estados mentales contrastados, a partir de una misma situación. Establecer las relaciones entre estados mentales y conductas; aprender a predecir la conducta de los demás. En cada caso, la ayuda se debe ajustar al nivel de competencias de Walter y progresivamente, reiterarse en el tiempo”.

– I –
Walter tiene dificultades para hablar de lo que le pasa, no puede narrar una historia que a su vez lo narre, ni contar lo que hace en la escuela o el fin de semana en el club o tan siquiera en su casa. Puede leer, conoce las letras y accede fácilmente a la lectoescritura (escribe y lee muy bien), pero no accede a un sentido diferente, abstracto, simbólico que lo represente para otro, le cuesta relacionarse con los demás. Puede jugar a la pelota, hacer cuentas o nadar, pero sin historizar, o sea, sin que esa experiencia adquiera otro sentido que el prefigurado previamente. Siempre intenta reproducir la misma situación, permanece en ella, en una acción, un movimiento, un dibujo, que perdura en la inmovilidad.
Retomemos algunas de las intervenciones que comentamos en el artículo pasado. Walter, con sus siete años, se des-pide de la mamá, la saluda, le da la mano y juntos abrimos la puerta y corremos al ascensor. Alegremente, subimos y vemos quién aprieta primero el botón número cinco. Mientras se va elevando, espontáneamente jugamos a tocar las manos del otro, que trata de esquivar y no dejarse tocar. El placer de sentir placer contorna la escena. Abro la puerta del consultorio, Walter corre a buscar los marcadores, se sienta frente a la pizarra, entusiasmado comienza a dibujar un sol y grita: “Vos la luna”, espera que llegue. Tomo un marcador verde y la dibujo, él desde el sol, hace una línea que engloba a la luna, mira la pizarra y exclama: “Estás atrapado”, respondo: “No, no voy a dejarte”. Al mismo tiempo que lo afirmo, dibujo un escudo protector de forma rectangular y digo: “Jaja, ahora no podrás atacar, tengo una defensa”… Walter responde: “Nooo”… toma el marcador negro y… comienza la lucha de líneas, colores, rayas, formas y figuras que se entrecruzan, fusionan y convergen en un entretejido sensible que se genera y produce en el acto de dibujar jugando con otro. Circula en red el placer del deseo, el goce de compartir juntos una escena convocante, espejos de pensamiento e imágenes imposibles pero reales, fantásticas en tanto ficcionales. Sin duda inventamos una realidad irreal, una experiencia afectiva potente que nos conmueve y afecta.
En las próximas sesiones continuamos haciendo historias a medida que dibujamos la pizarra. Walter al llegar, agarra los marcadores, hace dos círculos, los une y dibuja un auto, me mira y exclama: “Semáforo”, empieza a dibujarlo pero no encuentra el color amarillo, lo reemplaza por el naranja. Nos detenemos a mirar el dibujo, pues parecía que no pasaba más nada, sin mucha convicción, agrega un árbol. Las líneas se apagan, pierden brillo, movilidad, vida, el ritmo se lentifica. Nos miramos, el espacio transferencial del “entredós” sostiene la experiencia, estamos los dos con los marcadores frente al pizarrón, la superficie se aplana, el tiempo, lento, exaspera la sensación que deviene pesadumbre, el impulso se pierde, el trazo aislado remite al marco de la pizarra. ¿Cómo generar otro ritmo?, ¿De qué modo recuperar el placer de crear, inventar una historia donde se juegue otra dramática, otro espesor escénico?
En la siguiente sesión, Walter dibuja un semáforo, escribe en inglés las funciones de los colores: rojo-stop, amarillo-ready, verde-go. Luego, hacemos una ruta por donde pasan un par de autos, dibuja una nena al lado del auto, que finalmente la atropella. Al hacerlo, me detengo en el dibujo de la niña, dibujo unas lágrimas y Walter escribe: “Ouchh, duele, dolor”, hace un círculo que sale de su boca. “Uy -exclamo-tiene que venir un doctor”, rápidamente, Walter lo dibuja: “Rápido, rápido -comentamos- que llegue a tiempo para poder curarla”, cambiando de voz, como si fuera la de la niña exclamo: “Ay, ay ay, auxilio, ayuda”. El ritmo de la escena continúa sin pausa, finalmente, dibujamos una ambulancia que logra detener el color rojo de la sangre que salía de ella.
La niña se salvó y curó al entrar al edificio del hospital dibujado por Walter. La dramática de la pizarra se continúa pero fuera de ella. Él ve un muñeco que tiene una particularidad: le falta un ojo, me lo señala y respondo: “Doctor, hay que buscar el maletín para curarlo”. “Sí, vamos”, responde vivazmente y va a buscarlo, toma una curita y emparcha el ojo del muñeco. También lo revisa, me pide los distintos elementos del maletín (un estetoscopio, un termómetro, una jeringa, un remedio, etc.), una vez que lo cura, lo sienta cómodamente en una silla, luego, descubre otro muñeco y afirma que le duele la panza, él lo revisa y termina con una curita en el estómago. De este modo, Walter se transforma en un doctor de muñecos, ya que encuentra que a uno le duele el oído, a otros la pierna y finalmente al último la cabeza. Al mismo tiempo me ubica en el lugar del enfermero, que le alcanza los distintos elementos necesarios para curarlos y ayudarlos para que no sientan dolor. En un abrir y cerrar de ojos, pasamos de jugar en el espacio de la pizarra al de la puesta en escena de los muñecos, la enfermedad, el dolor, el cuerpo y la curación.

– J –
En estas escenas, vemos como el dibujo es un espejo pero no especular, no sirve para mirarse o reflejarse miméticamente, sino para introducirse en él, somos introducidos a través de la relación en ese campo ficcional y escénico. Al dibujar con Walter, vibramos en el ritmo dramático, donde se pinta un tiempo que potencia el dibujo como espacio donde suceden conflictos, tensiones, fuerzas e intensidades. Sin darse cuenta, Walter se separa del cuerpo para jugar la escena, entra en ella y rompe la inmovilidad de realizar siempre lo mismo, como lo hacía con anterioridad.
Las configuran figuras, pintan una historia, narran en acto aquello que es imposible narrar si no se implica en la realización de la escena. En este sentido, el dibujo se fuga del contexto del papel de la pizarra y se expande en el juego que creamos en el impulso y la fuerza que toca el cuerpo, lo con-mueve y deja una huella que lo afecta y genera otra escena.
Con Walter habitamos un espacio abierto que se construye al jugar, las figuras entran y salen de la pizarra, se pelean, luchan, aparecen y desaparecen escondiéndose, secretamente, así existen en acto, en la experiencia que desborda la pura acción. Las huellas de ese gesto móvil perviven en el ritmo escénico. Sin duda, hay un hacer espacio del tiempo, encarnado en una escena imposible de planificar, programar o pensar antes de realizarla. Justamente, es esta experiencia la que nos sorprende y rompe los cánones establecidos. Trasgrede la pizarra y nos ubica a ambos en una posición impensada, incalculada y por eso mismo viva, latente, palpitante.
La subjetividad y la potencia de la experiencia relacional y simbólica se reinventan en cada caso, no hay una identidad fija, ni se puede predecir el acontecimiento que sucederá (no es nunca una agenda o una rutina), el niño en este caso, Walter, juega a lo otro (al accidente, a la sangre, la pelea, la muerte, la persecución, los sustos, el miedo, la ayuda, el temor, la curación, el doctor). En esta contingencia, pone en escena lo que no es comprensible ni clasificable, ni ordenable, o sea, los afectos que afectan, y de este modo, se juegan y entretejen la posibilidad de imaginar mundos que de otra manera, serían inimaginables. En este espacio y tiempo, narrado y encarnado, el niño se inventa como otro que no es él, pero al mismo tiempo, continúa siéndolo, es o no es uno diferente a él, radica allí el valor del juego y del lenguaje. Juega, sin duda, la alteridad de la diferencia y configura su identidad, ella implica constituir la imagen corporal y hacer uso de ella.
Nosotros, junto al niño, en este caso, Walter, nos desdoblamos, somos uno y el otro en el dibujo y en la escena, encarnamos la dualidad de una pulsación rítmica, efecto del “entredós” transferencial en él. Somos (encarnamos y dibujamos el auto, la luna, el sol, el doctor, la niña atropellada, los muñecos enfermos y curados), devenimos personajes irreales que nos narran, a medida que jugamos cada vez, otra escena.

– K –
Walter llega con un gorro de lana de la mamá, al subir al ascensor, lo usa para taparse el rostro, grita y me asusta. Al realizarlo aprovecho para salir corriendo; sin parar de reír, me persigue, en un instante logro esconderme tras una puerta. Finalmente me encuentra e invertimos los roles, él se es-conde y lo busco por el consultorio, lo encuentro, pero esta vez, en vez de seguir corriendo, vamos a la pizarra y juntos dibujamos al enmascarado corriendo a un nene. Del enmascarado sale una flecha y Walter escribe “BOOM”. ¡Uy! cuidado: exclamo, una bomba”. A continuación dibujamos un refugio, una especie de casa y Walter escribe auxilio, socorro, estoy atrapado, responde: “¡No quiero la bomba!”, y se escapa en busca de un escondite tras la puerta del baño…
En estos escenarios Walter y Esteban buscan lo que ignoran, en realidad es esa complicidad la que motoriza el deseo de seguir buscando. De este modo la experiencia enriquece y potencia una nueva escena. Si quisiéramos definir previamente la experiencia como lo expresan las técnicas cognitivas-conductuales, carecería de deseo, ya que estaría pre-establecido de antemano cuál es la acción condicionada a realizar. En este quehacer se anula lo infantil de la infancia en función del logro a alcanzar.

– L –
La experiencia infantil a la cual damos lugar se metamorfosea en memoria, en realidad supone una inscripción, una huella que, en tanto tal, es la presencia de una ausencia. No hay memoria infantil sin olvido, es necesario que la experiencia devenga acontecimiento, plasticidad (tanto simbólico como neuronal) para que el tiempo se humanice en un espacio que afirma y resignifica lo propio, la imagen corporal. Si al niño se lo ritualiza en la inmanencia de agendas, protocolos, calendarios, actividades organizadas y ordenadas anticipadamente, la memoria es parcial, corta, pobre en matices y condicionada al estímulo exigido. Se domestica la memoria al fijarla anónimamente a una acción donde desaparece o se eclipsa cualquier esbozo de diferencia, de deseo o de demanda en la realización de la secuencia determinada. La memorización fijada en una acción o en una conducta se transforma en percepción e instala un tiempo que, en vez de resignificar y fluir hacia un futuro cercano recuerdo, lo inmoviliza en una temporalidad sin deseo ni esperanza, tan mortal como vacía.
Desde nuestro punto de vista, las huellas de un acontecimiento delinean la existencia de un sujeto y no un objeto a ritualizar de acuerdo a un supuesto diagnóstico. De esta manera la memoria subjetiva viaja en el tiempo y hace de una acción la representación de un instante, entonces imperecedero que solo tiene sentido, no por el cronómetro sino por la relación afectiva-pulsional que afecta el cuerpo como don de amor y asalta la experiencia infantil hasta transformarla al anticipar el futuro por venir. Ante el fetichismo del ritual estereotipado, del intento de controlar y dominar el hacer del niño, de idealizar la objetividad de la acción requerida, rescatamos la vida de la experiencia infantil como acto relacional, de hospitalidad y donación donde se transmite el placer de sentir placer con un otro. Se crea así la otra escena, que impulsa a otras hasta devenir huellas, las cuales, en vez de fijar el tiempo automáticamente, lo abren, habitan la memoria, la rehacen y transitan una herencia ligada al tiempo jugado compartido afectivamente con otro.
El cuerpo del niño (Walter) es receptáculo del deseo del otro, ese es el testimonio del cual quedarán las huellas, o sea, la percepción de una ausencia que significa crear memoria y mantener viva la chispa pulsional deseante de un sujeto que no deja de resignificar, inventar e historizar.

– M –
En el análisis descripto, el testimonio de Walter no es la pizarra, el dibujo, los trazos, los muñecos, la escondida o la búsqueda, sino el ritmo pulsional libidinal que se produce en el “entre-dos” de la escena. En la complicidad e intensidad de la experiencia inventamos un singular afecto cuyo efecto irrumpe y sorprende como acontecimiento imposible de anticipar, ritualizar o clasificar y mucho menos concretar en protocolos y agendas.
Al tratarse de un niño, el poder de turno, de los manuales, de los estrictos métodos didácticos, de la patologización y la medicalización, puede intentar domesticar a los más chicos en secuencias rutinarias, imágenes pictóricas, agendas cotidianas, lecturas restrictivas, lenguajes y conductas alternativas. Cada vez que esto sucede, se anula, se extingue la utopía, se desacredita la creencia, se frena la imaginación y se detiene el impulso a pensar, asociar y jugar. Para nosotros, resulta impensable un niño sin la posibilidad de imaginar jugando, pues, al hacerlo, el pequeño, por primera vez, realiza en acto la utopía. Crea e inventa el afecto por lo imposible como posibilidad de esperanza y humanidad.

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